En el año mil novecientos ochenta y seis, a pesar mío, mi padre me pidió que acompañara a mi hermana al coro de la Iglesia, nada mas embarazoso para una persona que no aceptaba el catolicismo. Terminaré esa historia en otro momento.
A partir de entonces, a lo largo de estos años y hasta hoy, he conocido a muchos pastores, aspirantes, coordinadores de grupos, diáconos, religiosos, ceremonieros, acólitos, señores de edad, jóvenes, niños e imágenes en nichos adornando los templos. Siempre he sido escéptico de los líderes religiosos y políticos, siempre con un ojo crítico a su forma de guiar a los demás, siempre indagando las motivaciones que los llevan a buscar un puesto en la jerarquía católica o pública.
Por supuesto tengo la dicha de conocer personas maravillosas en el servicio:
Ramiro, humanista, psicólogo, religioso de la Pasión de Jesús, entregado al servicio de los desprotegidos, de los sin casa.
Amado, con nuestras diferencias, Diocesano tardío, con su forma peculiar de ver y decir lo que ve.
Chema, encargado de la pastoral juvenil de la III Vicaria en el noventa y dos, hombre culto a quien le debo la sensatez de la lectura de los evangelios desde la Cristología elemental, nada puede ser azar, nada es inspiración divina sin conocimiento previo, nada puede salir de tu boca si no es comprendido antes.
Benjamin, el de la nueva expresión, el de los estudios en las escuelas avanzadas de teología, el que cambio la manera de vivir la liturgia. Gran ser humano y pastor.
Julio, a quien conocí poco, a quien respeto y admiro por lo que logró con un puñado de jóvenes que a los ojos de otros no tenían oportunidad y de su mano nacieron flores y frutos.
Horacio, el mas reciente, con esa dinámica en la celebración, ese intercambio espiritual con los niños y sus papás. Que no le basta con ser sacerdote, que sabe de las necesidades de sus feligreses.
Pero también y debo decirlo, he conocido a los que no son, a los que buscan un beneficio a corto, mediano o largo plazo, a los que se integran a las filas de la "vocación" sin tenerla con el solo afán de vivir bien. A los que escudan bajo una sotana sus verdaderas intenciones. Aquel seminarista que quería ser obispo para ostentar poder. Aquel amigo entrañable que se dejo llevar por las atrocidades de un sistema interno que también se corrompe. Aquel sacristán que buscaba los tesoros que no lograba ganar con el sudor de su frente. Aquellos parásitos que viven de la parroquia desde siempre. También he visto a los "amigos" del nuevo párroco y su "fidelidad" para obtener la oficina parroquial y la contabilidad de un "negocio" que no debe existir. A los que secuestran grupos e imponen ideologías sin saber una letra del evangelio, que se hacen "amigos" de los chavos en lugar de ser formadores.
Conozco a los que desde el poder del altar hablan en contra de los homosexuales, de la ley que le otorga los mismos derechos a todos, no solo a los que la alta moral piensan que deben tener. Si, conozco a los que atacan a nuestros hermanos que tomaron una decisión distinta a la nuestra de manera abierta y honesta, mientras ellos, los pastores, debajo de la sotana esconden sus perversiones. No, no hablo de Maciel, tal sea el caso, hablo de los que están en el día a día mancillando a sus iguales en el seminario o a los niños en las parroquias. La clase mas baja y patética de nuestra Iglesia.
La vocación debe dar un giro, la crisis que vive la Iglesia no es gratis, la gente se informa, se interesa, está dejando de ir a los templos porque "algo" le dice que lo que hay no está bien. La catequesis queda en segundo término y se da incompleta. Se sigue fomentando la veneración y favores a hombres y mujeres ejemplares que alcanzaron la santidad por méritos propios en lugar de fomentar la santidad entre todos los miembros de la Iglesia. Se prefiere el culto al amor al prójimo, es más importante la festividad del patrono, con sus juegos pirotécnicos y la feria que ir casa por casa instruyendo a los fieles, a los católicos de bautismo pero lejos del catolicismo en facto. El ateísmo no se lo debemos a la ciencia, se lo debemos a la falta de amor hacía nuestros semejantes.
El concilio Vaticano Segundo está cumpliendo casi 50 años. Uno de los mayores logros fue tener en las manos la palabra de Dios en nuestras manos, en nuestro idioma. Leer de primera mano la historia de la salvación y la nueva alianza. Acceder al anuncio de la Buena Nueva y ser participes en la construcción del Reino. Es momento de pedir a los sacerdotes que se acerquen mas, que bajen del altar y tomen de la mano al pueblo de Dios para guiarlo hacia mejores condiciones de vida en esta tierra y que no se pierda la esperanza en la resurrección.
Por medio del bautismo nos convertimos todos en hermanos en Cristo, Sacerdotes, Reyes y Profetas, ejerzamos pues esa vocación para renovar nuestra Iglesia. El hombre necesita hoy más que nunca volver su mirada a Dios y eso es tarea de todos los creyentes.
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